La hora final de los Castro en Cuba

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El domingo, los turistas que paseaban por el malecón de La Habana presenciaron una escena inusual en la plaza que separa el Museo de la Revolución de la embajada de Estados Unidos. Bajo el sol tropical, Raúl Castro y su probable sucesor, Miguel Díaz-Canel, (ambos en la foto) asistieron junto con una nutrida comitiva de políticos norteamericanos a la inauguración de una escultura de bronce.-

Se trata de una escultura de 2,5 millones de dólares donada por la ciudad de Nueva York. Una réplica de la monumental estatua ecuestre de José Martí que cierra por el sureste el Central Park de Manhattan.

Oficialmente, la reunión tenía el fin de conmemorar el 165 aniversario del nacimiento del héroe de la independencia de Cuba. Pero el simbolismo era evidente, pues Martí es una de las pocas figuras que unen a los cubanos y también uno de los vínculos visibles entre la isla y Estados Unidos (el poeta vivió varios años en Nueva York).

De hecho, la estatua de Martí en La Habana es una de las pruebas tangibles de los cambios que vivió la isla en los últimos tiempos y la escena del domingo habría sido inimaginable antes de la visita de Barack Obama en marzo de 2016.

Sin embargo, nada indica que un encuentro como ese se repita a corto o mediano plazo. A menos de dos meses de que Castro se retire y Díaz-Canel herede la presidencia del Consejo de Ministros, las relaciones entre Washington y La Habana están en su nivel más bajo.

Parece remoto el 17 de diciembre de 2014, cuando Obama y Castro anunciaron el restablecimiento de las relaciones de ambos países. En efecto, la transferencia de poder más esperada de las últimas décadas va a estar marcada por un contexto geopolítico adverso, una situación económica incierta y una catástrofe ambiental.

Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca las relaciones bilaterales retrocedieron a los tiempos de la Guerra Fría. El martes, en el discurso sobre el Estado de la Unión, el norteamericano presumió de las “duras sanciones” que ha impuesto “a las dictaduras comunistas y socialistas de Cuba y Venezuela”.

En junio de 2017 comenzó a desmontar el “terrible y equivocado acuerdo” que firmó su predecesor, con lo que acabó con la minibonanza turística que vivía La Habana desde el acercamiento de Obama. Y en agosto aprovechó los extraños ‘ataques sónicos’ contra su embajada en La Habana para expulsar de Washington a 17 diplomáticos cubanos.

A su vez, el caos de Venezuela redujo drásticamente dos de las principales fuentes de divisas de la isla: el petróleo que Caracas le vendía a precio de remate con el programa Petrocaribe y los pagos por las Misiones Socialistas, en las que miles de médicos y enfermeros generaban varios millones de dólares por sus servicios sanitarios.

Con una contracción del 50 por ciento del PIB desde 2013 y una inflación que podría alcanzar el 13.000 por ciento, el gobierno de Nicolás Maduro sencillamente no tuvo cómo seguir financiando a sus mentores cubanos.

A todo eso se suman el impacto político y económico del huracán Irma, que La Habana ha evaluado en varios miles de millones de dólares. De hecho, el fenómeno golpeó sectores clave como la agricultura y el turismo, pero también sirvió de excusa para aplazar para el 19 de abril las elecciones parlamentarias (previstas para mediados de diciembre). Es decir, para la fecha en que se conmemora la derrota de la invasión norteamericana de Playa Girón.

Pero eso no fue todo, pues esa contingencia también le sirvió a Raúl Castro para posponer hasta esa fecha su salida del poder; aunque muchos analistas interpretaron esa decisión como una movida para controlar la transición ante las circunstancias adversas. También, para garantizar que Díaz-Canel pueda continuar la política reformista que “sin prisa pero sin pausa”, Raúl adoptó en 2008 tras el retiro de Fidel.

En efecto, varios indicios señalan que la salida de los Castro del poder no significa que vaya a cambiar el statu quo en la isla. En primer lugar, porque como dijo a SEMANA Philip J. Brenner, profesor universitario y autor de The Revolution Under Raúl Castro, “el momento para realizar grandes cambios era bajo el mando de Raúl, que tenía la legitimidad y cierta voluntad para emprenderlos.

Sin embargo, encontró una fuerte resistencia entre otros dirigentes de alto rango”. En ese sentido, es previsible que Díaz-Canel tenga que enfrentar a esas facciones, que por diversas razones se oponen a una apertura, por tenue que sea.

A su vez, es muy improbable que Díaz-Canel tenga proyectos divergentes de los Castro, pues él mismo es un producto de la maquinaria del Partido Comunista cubano y no un outsider con una agenda propia. Esto resulta claro si se piensa que, de la larga lista de sucesores potenciales, solo Díaz-Canel fue nombrado oficialmente por Raúl, quien además lo puso en 2013 en la Vicepresidencia de los Consejos de Estado y de Ministros.

Y a todo lo anterior se agrega que, de llegar al poder, Díaz-Canel no va a tener carta blanca. “Pese al enorme simbolismo del cambio de mando, Raúl seguirá hasta 2021 siendo el primer secretario del Partido Comunista, la instancia que toma las decisiones clave de política pública”, dijo en diálogo con esta revista William M. LeoGrande, especialista en asuntos cuba nos de la American University de Washington.

De hecho, para algunos analistas, Díaz-Canel podría no ser más que un presidente títere que responda a los intereses de los Castro, y que el verdadero poder detrás del trono resida en el coronel Alejandro Castro Espín, el único hijo varón de Raúl.

De cualquier modo, a Díaz-Canel (o a quienquiera que suceda a Raúl) le espera un desafío de marca mayor que los Castro no han enfrentado. Se trata de las dos monedas que hay en circulación –el peso ‘tradicional’ y el peso convertible– y, sobre todo, las múltiples tasas de cambio con el dólar.

“Este es un problema que la economía cubana ha arrastrado durante décadas y que tiene que ser resuelto lo antes posible porque se trata de uno de los principales frenos para la economía de la isla”, dijo LeoGrande.

Durante casi seis décadas, la familia Castro supo navegar las turbulentas aguas de la Guerra Fría. Cuando esta terminó, Fidel y Raúl lograron mantener el poder aun al precio de pauperizar a sus habitantes. Hoy, la gran pregunta es si además de su ideología, su sucesor también herede su olfato político. (Periodico Cubano)

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