Un cráneo muestra una rápida evolución en un primitivo ancestro humano

Sábado, 21 Noviembre 2020 18:04 Escrito por  Publicado en Cultura y Entretenimiento

Hace unos dos millones de años, el noroeste de la actual Johannesburgo, dentro del área conocida como la Cuna de la humanidad por su riqueza fósil, estaba ocupado por un ancestro humano llamado Paranthropus robustus. Estos antiguos parientes de pequeño cerebro aún no utilizaban herramientas y destacaban por emplear sus grandes dientes para alimentarse de raíces, frutos secos y tubérculos.

Su aparición en Sudáfrica coincidió aproximadamente con el fin de otros homínidos aún más primitivos, los australopitecos, y el surgimiento de nuestro primer antepasado directo, Homo erectus, esbelto, con un cerebro grande y una envidiable capacidad de adaptación. No en vano, sobrevivió 1,5 millones de años en el mundo y llegó a Eurasia mientras el linaje de sus coetáneos se extinguía para siempre.

No sería porque no lo intentaran. Al menos, en el caso de P. robustus. Hasta ahora, los antropólogos creían que los machos de esta especie eran sustancialmente más grandes que las hembras, al igual que les ocurre a los primates de hoy en día, como gorilas, orangutanes y babuinos.

Pero el hallazgo de un cráneo en la cueva de Drimolen sugiere que lo que se creían diferencias de género (dimorfismo sexual) eran en realidad cambios adaptativos debido a una rápida evolución durante un período turbulento de cambio climático local. Lo llaman «microevolución».

Según explica un equipo internacional de antropólogos en un nuevo estudio publicado en la revista «Nature Ecology & Evolution», hace unos dos millones de años, esta zona de Sudáfrica pasó de ser un vergel boscoso y húmedo a convertirse en un terreno duro y árido de espacios abiertos. Para sobrevivir, P. robustus tuvo que alimentarse de plantas duras.

Pero el nuevo ejemplar de Drimolen, denominado DNH 155, no parece estar hecho para eso. Identificado claramente como un macho, es más grande que una hembra (DNH 7) descubierta previamente en el mismo lugar, pero considerablemente más pequeño que otros supuestos machos hallados también con anterioridad en el sitio cercano de Swartkrans, donde se han encontrado la mayoría de los fósiles de esta especie. Claro que, y aquí está la clave, los que vivieron en Swartkrans son 200.000 años más modernos.

Pero, ¿cuál era el tamaño exacto de DNH 155? «Eso es un poco difícil de decir con precisión. La mejor forma de estimar el tamaño corporal es examinar las medidas de los huesos de las extremidades, y no las tenemos para esta muestra. De hecho, se conocen muy pocos fósiles de extremidades de la especie.

Como estimación, diría que este espécimen era más pequeño que los humanos que vivimos hoy, pero algo más grande que los chimpancés», afirma a este periódico David Strait, profesor de antropología biológica en la Universidad de Washington (EE.UU.).

Selección natural

Además, el cráneo de DNH 155 muestra que sus músculos masticadores no eran tan fuertes como los de Swartkrans. En conjunto, las diferencias sugieren que DNH 155 y los otros P. robustus encontrados en Drimolen no eran más pequeños por ser hembras, sino que eran formas anteriores de la especie, una población que aún no había sufrido el estrés de las presiones ambientales que, finalmente, condujo a tamaños más grandes y músculos de la mandíbula más fuertes para alimentarse de las raíces y las plantas mucho más duras que encontraban.

Los que mejor se adaptaron sobrevivieron y transmitieron estos rasgos a sus descendientes. «En el transcurso de 200.000 años, un clima seco probablemente llevó a la selección natural a favorecer la evolución de un aparato de alimentación más eficiente y poderoso en la especie», resume Strait.

Hasta ahora, se creía que este cambio climático acabó con los australopitecos, pero fue más benévolo para P. robustus y Homo erectus, quienes pudieron haberse dispersado por la región. «Ahora vemos que las condiciones ambientales probablemente también fueron estresantes para Paranthropus, y que necesitaron adaptarse para sobrevivir», dice Strait. Curiosamente, P. robustus era mucho más común que los primeros Homo en el paisaje de esa época, pero este fue el linaje que ganó al final.

«Como todas las demás criaturas de la Tierra, nuestros antepasados se adaptaron y evolucionaron de acuerdo con el paisaje y el entorno que los rodeaba. Por primera vez en Sudáfrica, hemos podido ver esos cambios en un antiguo linaje de homínidos a través de una breve ventana de tiempo», asegura Andy Herries, investigador de la Universidad de La Trobe y codirector del proyecto en Drimole. «Este es el tipo de fenómeno que puede ser difícil de documentar en el registro fósil, especialmente con respecto a la evolución humana temprana», subraya Strait.

¿Menos especies?

La investigación fue posible gracias al excelente estado de conservación del cráneo de DNH 155. «Ha sido cuestión de suerte. Probablemente, el espécimen quedó cubierto por sedimentos en el fondo de la cueva. Finalmente, esos sedimentos se endurecieron para formar un hormigón natural que preservó el fósil de mayores daños», explica el científico.

Pero el techo de la cueva se erosionó y el agua comenzó a disolver los sedimentos endurecidos, así que es posible que, de no ser encontrado, el fósil se hubiera degradado en el transcurso de decenas o cientos de años, perdido para la ciencia.

En términos más generales, los investigadores creen que este descubrimiento sirve como advertencia a la hora de reconocer especies humanas en el registro fósil. Muchas de las nuevas designaciones se basan en una pequeña cantidad de fósiles de uno o unos pocos sitios en áreas geográficas pequeñas y rangos de tiempo estrechos.

Strait cree que la paleoantropología «debe ser un poco más crítica en la interpretación de la variación en la anatomía como evidencia de la presencia de múltiples especies». Dependiendo de las edades de las muestras fósiles, «las diferencias en la anatomía ósea podrían representar cambios dentro de los linajes en lugar de la evidencia de múltiples especies», añade. (ABC)

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