BACTERIAS DE OCHO MILLONES DE AÑOS REVIVEN EN EL HIELO ANTÁRTICO

En los valles secos de las montañas Transantárticas hay hielo que lleva congelado desde antes de que el género Homo existiera sobre la Tierra. Un equipo de la Universidad Rutgers, encabezado por el biogeoquímico Kay D. Bidle, perforó ese hielo, extrajo microorganismos atrapados en él y consiguió que algunos volvieran a metabolizar tras permanecer inactivos entre cien mil años y ocho millones de años.
El hallazgo, publicado el 14 de agosto de 2007 en Proceedings of the National Academy of Sciences, reactivó el interés por los límites de la vida en condiciones extremas y devolvió a primer plano una hipótesis que lleva rondando la ciencia occidental desde hace más de un siglo, y la filosofía griega desde mucho antes: la panspermia, la idea de que la vida pudo llegar a la Tierra desde algún otro punto del cosmos.
Bidle y sus colegas trabajaron con hielo de dos localizaciones del valle Beacon superior y del valle Mullins, en la Antártida. La muestra más joven tenía una antigüedad mínima de cien mil años; la más antigua, procedente de Beacon, rondaba los ocho millones de años, lo que la convierte en el hielo más antiguo conocido del planeta.
Al incorporar sustratos marcados con radioisótopos y cultivar las muestras en agua de deshielo enriquecida con nutrientes, los investigadores comprobaron que los microbios seguían siendo metabólicamente activos, aunque su viabilidad se degradaba de forma drástica cuanto más viejo era el hielo.
El análisis de cinco muestras distintas, que abarcaban ese arco de ocho millones de años, permitió calcular que el tamaño medio del ADN comunitario decae de forma exponencial, con una vida media de aproximadamente 1,1 millones de años. Pasado ese umbral, el material genético queda tan fragmentado que la bacteria, aunque conserve cierta actividad química, deja de ser viable como organismo completo.
Ese dato numérico es, en realidad, el corazón del artículo: fija un límite temporal aproximado para cualquier escenario de transporte biológico entre cuerpos celestes. Si una bacteria o una espora viajara a bordo de un cometa o de restos de un impacto planetario, tendría que llegar a su destino antes de que el deterioro del ADN la volviera inviable, algo que, según los cálculos de Bidle, exige que el trayecto no se prolongue mucho más allá de esos pocos millones de años.
La palabra panspermia viene del griego pan, todo, y sperma, semilla, y su rastro más antiguo se remonta al filósofo presocrático Anaxágoras de Clazómenas, que en el siglo V a. C. ya especuló con que las semillas de la vida podían estar dispersas por todo el universo.








