DESCUBREN CÓMO SE HICIERON EN LA EUROPA CENTRAL LAS JOYAS AÚN HOY SIN PARANGON

En 1837, unas obras de carretera al noreste de la aldea de Dienstedt, en la actual Turingia (Alemania), sacaron a la luz la tumba de una mujer que había vivido —y muerto— rodeada de un lujo que pocas germanas de su tiempo pudieron permitirse.
Junto a su cuerpo aparecieron vasijas de cerámica y bronce, un cuchillo de fabricación romana, un collar de ámbar, brazaletes de plata y, sobre todo, dos broches circulares de un tamaño y una complejidad que no tienen apenas paralelos en toda la Germania de la época. La arqueología los conoce como Dosenfibeln, «fíbulas de caja»: broches con una cámara hueca en su interior, construidos como pequeños relojes de precisión en miniatura.
La tumba se data en la segunda mitad del siglo III después de Cristo, es decir, en pleno periodo de la llamada crisis del siglo III, cuando el Imperio romano se tambaleaba entre guerras civiles, inflación galopante y presión constante en sus fronteras del Rin y el Danubio.
A pocos cientos de kilómetros de esas fronteras, en el territorio que la investigación atribuye tradicionalmente al pueblo germánico de los hermunduros, una mujer de rango elevado —a veces descrita como una princesa local, aunque el término es una simplificación moderna para un estatus que la arqueología solo puede inferir por la riqueza del ajuar— era enterrada con dos joyas que ningún orfebre romano habría firmado, pero que tampoco tienen nada de tosco.
Las piezas llevan más de un siglo en la Colección de Prehistoria e Historia Antigua de la Universidad Friedrich Schiller de Jena, donde fueron descritas por primera vez en 1908 por el prehistoriador Gustav Eichhorn. Para entenderlas, Eichhorn hizo algo que hoy resultaría impensable con una pieza de este valor: las desmontó pieza a pieza.
Durante más de cien años, ese desmontaje manual de 1908 fue la fuente principal de información sobre cómo estaban hechas las fíbulas de Dienstedt.








