EGIPTO SACRIFICABA A SUS SIRVIENTES PARA ENTERRARLOS CON EL FARAÓN. SE DEMOSTRÓ LO QUE SE SOSPECHABA

Un nuevo análisis forense de 46 cráneos recogidos en las tumbas de los primeros faraones, en Abydos, ha detectado golpes probablemente mortales en 18 de ellos. El estudio de la bioarqueóloga Roselyn Campbell respalda una sospecha que lleva más de un siglo sobre la mesa: que los sirvientes enterrados junto al rey murieron para acompañarlo.
Hace unos cinco mil años, cuando la escritura daba sus primeros pasos y Egipto acababa de unificarse bajo un solo rey, los primeros faraones eligieron un rincón del desierto de Abidos, en el Alto Egipto, para su descanso eterno. El lugar se conoce como Umm el-Qaab, que en árabe viene a ser «la madre de las vasijas», porque el terreno está cubierto por un montículo de millones de fragmentos de cerámica. Allí se levantaron los complejos funerarios de los reyes de la Primera Dinastía, que el estudio sitúa entre c. 3078 y 2900 a.C.
El lugar no perdió importancia con el paso de los siglos, y ahí está parte de su interés. A partir del Reino Medio, los egipcios identificaron la tumba del rey Djer, tercer faraón de la dinastía, con la de Osiris, el dios de los muertos, y Abidos pasó a ser un destino de peregrinación con una fiesta anual en su honor. Aquellas ceremonias se mantuvieron durante unos mil quinientos años, hasta la época ptolemaica, y junto a las tumbas más antiguas se han encontrado ofrendas votivas de la dinastía XVIII, depositadas siglos después de los enterramientos.
Cada complejo era bastante más que una tumba. Incluía cámaras funerarias y recintos que probablemente se usaban para rituales, y alrededor se alineaban hileras de enterramientos mucho más modestos, a veces centenares en torno a un solo rey. Campbell los describe como cámaras sencillas, colocadas en filas de decenas.
Algunas personas tenían un ataúd simple. La mayoría llevaba unas pocas vasijas de cerámica, y en muchos casos también objetos pequeños, como herramientas de cobre, puntas de proyectil o figuritas de marfil. Flinders Petrie, el arqueólogo que los excavó a comienzos del siglo XX, halló además unas cuantas estelas con nombres y, de vez en cuando, cargos oficiales. Casi todos apuntan a funcionarios de rango bajo o medio y a artesanos.
Para ponerlo en perspectiva peninsular, en esos mismos siglos estaba en plena actividad Los Millares, el gran poblado amurallado de la Edad del Cobre en Santa Fe de Mondújar (Almería), ocupado entre el 3200 y el 2200 a.C. Sus habitantes enterraban a los difuntos en tumbas colectivas, con cámara circular y corredor, que podían reunir hasta un centenar de personas y a las que se iba sumando gente con el paso del tiempo. En Abidos, en cambio, muchos de los enterramientos que rodean al rey parecen haberse hecho a la vez.
Esa simultaneidad fue justo lo que levantó las sospechas de Petrie. Tantas muertes alrededor de un solo rey, y varias al mismo tiempo, no le cuadraban con una sucesión de fallecimientos naturales. Pensó en lo que los especialistas llaman sacrificio de sirvientes (en inglés, retainer sacrifice): matar a las personas del entorno de un gobernante cuando este muere.
Según Campbell, en muchas culturas se practicaba porque se creía que esas personas seguirían sirviéndole en algún tipo de más allá, aunque también podía ser una exhibición brutal del poder del soberano. Algunos pudieron presentarse voluntarios para alcanzar la vida eterna o el honor. Otros fueron elegidos, o directamente obligados.
El problema es que los restos no ofrecían la prueba que hacía falta. Petrie no encontró señales de heridas mortales, y esa ausencia alimentó décadas de debate sobre si en el antiguo Egipto se practicó de verdad el sacrificio humano o si aquella gente simplemente fue enterrada cerca de su rey tras morir por otras causas.
Petrie llevaba unos registros meticulosos, pero volvió a enterrar la mayor parte de los restos que sacaba de la tierra. Se quedó con los cráneos, y algunos los envió al Reino Unido. Hoy puede parecer una decisión extraña, aunque encaja con su época: Petrie se interesó por la craniometría, la medición de cráneos ligada a las teorías raciales del momento, un campo que ahora se considera muy cuestionable.
Ahí entra Roselyn Campbell, bioarqueóloga y egiptóloga de la Universidad de Purdue. La bioarqueología estudia esqueletos humanos para reconstruir cómo vivían y cómo morían las personas del pasado, y Campbell se propuso localizar lo que quedaba de aquellas excavaciones para examinarlo con los conocimientos forenses actuales.
Encontró 46 cráneos en la Duckworth Collection de la Universidad de Cambridge. Según cuenta, le atrajeron estos individuos en parte porque, pese a estar enterrados junto a la realeza, quedan «relegados a notas a pie de página» en el relato general. Y se pregunta quiénes eran y cómo veían al rey y su propio papel en su vida y en su muerte.
El resultado del análisis, publicado en Frontiers in Environmental Archaeology, es que 18 de los 46 cráneos presentan fracturas importantes que probablemente fueron mortales. Eso es el 39 % de la muestra.








