UN PLESIOSAURIO DE 66 MILLONES DE AÑOS REVELA CÓMO LA MUERTE DABA VIDA EN LOS MARES PASADOS

Los plesiosaurios fueron reptiles marinos que vivieron durante el Mesozoico, alrededor de entre 250 y 66 millones de años atrás. Tenían cuerpos anchos, contaban con cuatro miembros transformados en aletas y, en muchos casos, un cuello largo con cabeza pequeña, mientras que su tamaño variaba según la especie, podían llegar a medir varios metros de largo y pesar de cientos a miles de kilos.
A partir del hallazgo de un ejemplar en la Antártida, en la isla Marambio, recuperado en 2016 por equipos argentinos, un nuevo estudio se centra no solo en describir sus restos óseos, sino también en reconstruir qué ocurrió con su cuerpo tras la muerte: las huellas de carroñeros, microorganismos y procesos químicos que lo transformaron en un verdadero ecosistema en el fondo marino.
El estudio, liderado por una investigadora del CONICET junto con un equipo de especialistas, se basa en un ejemplar hallado en la isla Marambio, en la Antártida, y muestra cómo su descomposición dio lugar a un ecosistema.
«El espécimen fue hallado por especialistas del Instituto Antártico Argentino, el Museo de La Plata y la Universidad Nacional de Río Negro. Este ejemplar vivió hacia fines del Cretácico (Maastrichtiano), hace aproximadamente 66 millones de años. En él se identificaron vértebras, huesos largos y huesos planos, pero lo más llamativo fue la presencia de marcas de bioerosión y evidencias de una comunidad ecológica asociada al cadáver.
Entre ellas, se observaron perforaciones —macro y micro—, marcas de mordidas y minerales como pirita, formados por actividad bacteriana, analizados mediante microscopía en cortes paleohistológicos», indica Marianella Talevi, investigadora del CONICET en el Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (IIPG, CONICET-UNRN) y primera autora del trabajo publicado en Cretaceous Research.
¿Qué pasaba con el cadáver?
Tras la muerte, el cuerpo se hundía y comenzaba a descomponerse en el fondo del océano. A partir de ese momento se desarrollaba un proceso en distintas etapas, en el que diversos organismos aprovechaban el cadáver como fuente de alimento. En una primera instancia intervenían grandes carroñeros, como peces y tiburones, que consumían los tejidos blandos.
Más tarde, los restos eran colonizados por organismos oportunistas, junto con microorganismos y bacterias que continuaban su degradación. Finalmente, cuando los nutrientes se agotaban, los huesos dejaban de ser alimento y pasaban a funcionar como un sustrato duro, utilizado por distintos organismos como hábitat.
La investigadora explica que “en la actualidad, este proceso puede compararse con los cadáveres de ballenas que yacen en el fondo marino, comúnmente conocidos como whale fall, ya que generan dinámicas ecológicas muy similares: atraen comunidades de organismos que atraviesan etapas de descomposición comparables a las de los plesiosaurios”.
Por lo tanto, el estudio llevado a cabo por Talevi, junto con Soledad Brezina, investigadora de la UNRN, y Darío Lazo, investigador del CONICET en el Instituto de Estudios Andinos “Don Pablo Groeber” (IDEAN, CONICET-UBA), muestra que los ecosistemas marinos del pasado eran altamente complejos y que los grandes cadáveres de vertebrados funcionaban como verdaderos “oasis de vida”, capaces de sostener comunidades diversas.
En este sentido, lejos de representar un final, la muerte de estos gigantes daba lugar a nuevas dinámicas ecológicas, revelando una trama de interacciones que hoy, millones de años después, la ciencia comienza a reconstruir. (Conicet)








