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UNA PLUMA EXPLICA POR QUÉ LAS AVES SOBREVIVIERON AL ASTEROIDE Y LOS DEMÁS DINOSAURIOS NO

Publicado por BarilocheD
26 septiembre, 2026
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En 2016, el paleontólogo David DeMar Jr. avanzaba a gatas por un afloramiento rocoso en el noreste de Montana, buscando fósiles de peces, cuando se topó con un nódulo oscuro, de un tono entre marrón y rojizo, del tamaño aproximado de una cereza grande. Lo recogió, lo observó con una lupa de mano y, en su superficie, distinguió algo que no esperaba encontrar allí: una diminuta pluma fosilizada.

El hallazgo tenía un componente añadido de rareza. DeMar, gestor de colecciones del Proyecto Hell Creek en el Burke Museum de la Universidad de Washington, llevaba trabajando en esa formación geológica el tiempo suficiente para saber que, pese a más de 150 años de prospecciones, nunca se había documentado allí una sola pluma. Y lo que sostenía entre las manos no era una roca cualquiera: todo apuntaba a que se trataba de un coprolito, el término técnico para un excremento fosilizado.

Diez años después, ese fragmento de heces de dinosaurio se ha convertido en la protagonista de un estudio publicado el 10 de septiembre de 2026 en la revista Current Biology, firmado por Jingmai O’Connor, conservadora asociada de reptiles fósiles en el Field Museum de Chicago, junto con DeMar y otros investigadores del Burke Museum y el Carter County Museum de Ekalaka.

Según el equipo, la pluma es la de mejor conservación tridimensional recuperada hasta ahora de todo el Cretácico, y ofrece una pista sobre uno de los enigmas más persistentes de la paleontología: por qué las aves fueron el único grupo de dinosaurios que logró sobrevivir a la extinción masiva de hace 66 millones de años.

Un depredador que se comió un ave

Antes de llegar al laboratorio, el nódulo pasó por análisis de composición mineral y, sobre todo, por un escáner de tomografía computarizada (CT) en el campus médico de la Universidad del Sur de California. Miles de radiografías apiladas digitalmente revelaron algo que a simple vista era imposible de apreciar: dentro del coprolito no había una sola pluma, sino varias, junto con dos pequeñas escamas de un pez gar (de la familia Lepisosteidae) y fragmentos de huesos de la pata de un ave.

Aunque la conservación era mejor que la de muchas de las plumas que había estudiado en ámbar birmano para mi tesis, esto estaba dentro de una roca, y no precisamente una roca llamativa, explica Nate Carroll, coautor del estudio y paleontólogo del Carter County Museum. Cada hora de procesamiento de los datos revelaba otra pluma, otra escama, otro hueso, en un 3D asombroso.

Los huesos de la pata permitieron identificar al propietario original de esas plumas: un hesperornitiforme, un grupo extinto de aves acuáticas que no podían volar y que, ecológicamente, se parecían a los somormujos o colimbos actuales. Cazaban buceando, usando patas especializadas para impulsarse bajo el agua, y las plumas recuperadas mostraban precisamente adaptaciones propias de la vida acuática.

La secuencia de sucesos, según reconstruye el equipo, sería la siguiente: un ave buceadora fue devorada, probablemente por un T. rex o por un Nanotyrannus (el tamaño del coprolito no permite descartar ninguna de las dos especies), y ese mismo depredador expulsó después los restos que, 66 millones de años más tarde, acabarían en las manos de DeMar.

Una pluma con un pie en el pasado y otro en el presente

Lo que hace especialmente valiosa esta pluma es su combinación de rasgos. Dos de los ejemplares recuperados, incluido el que quedó expuesto en la superficie del coprolito, presentan un raquis de sección cuadrada y con el interior relleno de una estructura esponjosa, un rasgo que hasta ahora solo se conocía en aves modernas y en sus parientes más inmediatos. El siguiente registro más antiguo de esa misma estructura esponjosa procede del Eoceno inferior de Dinamarca, unos 10 millones de años posterior al fósil de Hell Creek.

Junto a esas plumas de aspecto moderno e impermeable, el coprolito conservaba también plumón más pequeño, difuso y de estructura primitiva, del tipo que se asocia a los dinosaurios no avianos y a otro grupo de aves muy abundante durante el Cretácico, los enantiornitinos.

Esta mezcla convierte a los hesperornitiformes en una especie de eslabón intermedio entre esas plumas arcaicas y el plumaje aislante de las aves actuales, las Neornithes, el único linaje que sobrevivió al impacto que acabó con el resto de dinosaurios.

Aquí es donde el hallazgo se conecta con la pregunta de fondo. Los enantiornitinos, el grupo de aves más común durante el Cretácico, se extinguieron. Los hesperornitiformes, primos cercanos de las Neornithes pero fuera de ese linaje, también desaparecieron. Solo las Neornithes lograron cruzar al otro lado del límite Cretácico-Paleógeno, y hoy todas las aves vivas descienden de ellas.

Durante años se ha manejado la hipótesis de que la clave estuvo en el hábitat: las Neornithes, se argumenta, habrían vivido cerca del agua, y ese entorno las habría protegido de algún modo de los efectos del impacto. El problema es que los hesperornitiformes también eran aves acuáticas y, aun así, no sobrevivieron. Eso obliga a buscar otra explicación, y O’Connor apunta a las plumas.

Creemos que el tipo de plumas que tenían estas aves, o la forma en que las mudaban, pudo ser una de las causas subyacentes de la selectividad de la extinción de finales del Cretácico: esencialmente, por qué unas aves se extinguieron y otras sobrevivieron, explica la investigadora.

La idea es que las plumas del cuerpo, las responsables de mantener la temperatura corporal, no ofrecían el mismo aislamiento en todos los linajes. Tras el impacto del asteroide de Chicxulub, la atmósfera se llenó de ceniza y hollín, y las temperaturas globales cayeron de forma abrupta durante lo que se conoce como el invierno de impacto. Si el plumaje de los hesperornitiformes y los enantiornitinos era menos eficiente reteniendo el calor que el de las Neornithes, esa diferencia, aparentemente pequeña, pudo inclinar la balanza entre sobrevivir y desaparecer.

Gregory Wilson Mantilla, profesor de la Universidad de Washington y conservador de paleontología de vertebrados en el Burke Museum, subraya que los fósiles de aves, y sobre todo de sus plumas, son extraordinariamente escasos, así que cada hallazgo aporta información valiosa sobre la evolución de este rasgo. Y este caso concreto, añade, tiene un valor adicional: al proceder del interior de un excremento de dinosaurio, ofrece también una ventana directa a las relaciones entre depredador y presa hace 66 millones de años.

Para O’Connor, el proyecto tuvo un componente detectivesco poco habitual en su trabajo. Ella suele analizar esqueletos completos conservados en grandes losas de roca, con los tejidos blandos ya visibles. Aquí, en cambio, no había más que un coprolito y su contenido, y hubo que reconstruir la historia a partir de indicios sueltos.

El hallazgo, además, abre una puerta que apenas se ha explorado. Los coprolitos rara vez se estudian buscando en su interior restos de tejidos blandos como las plumas, en parte porque nadie los sometía sistemáticamente a tomografías computarizadas. Este caso concreto solo salió a la luz porque el excremento se había partido de manera que dejó una pluma expuesta en la superficie, algo que O’Connor describe como un golpe de suerte. Ahora, la investigadora confía en que otros museos empiecen a escanear sus colecciones de coprolitos con esta posibilidad en mente.

Queda por saber, eso sí, hasta qué punto esta diferencia de aislamiento térmico fue determinante frente a otros factores que también se han propuesto para explicar la supervivencia selectiva de las aves, como la dieta o el tamaño del cuerpo. El propio equipo es cauto al respecto: el plumaje, insisten, pudo ser uno de los factores, no necesariamente el único. Y mientras no aparezcan más plumas de hesperornitiformes con las que comparar, la pieza hallada en Montana seguirá siendo, por ahora, un caso único. (LBV)

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